Iván T. Contardo
No vamos a preguntar cuál es el nombre de la ciudad
detenida en el tiempo. Puede ser la penquista natal o aquella donde ha
concentrado sus luchas o una aldea alejada de la gran urbe y de cara a ella. Aseguramos
que ésta ha sido remecida por movimientos telúricos y sociales, y que sus
habitantes son “amigos muertos, ángeles de pasión”. El poeta, ante la
necrópolis, se presenta “con un junco amarillo” y entona este primer canto de
su elegía, en que lo visual, el silencio, la muerte y el tiempo son sus
principales protagonistas.
Este segmento arranca con la imagen de un abrazo en la
fosa mortuoria, donde el hombre de negocios, el abogado, el mendigo y el
proletario son de una sola estirpe. Los hombres se hermanan en la muerte.
La cuarta estrofa es pródiga en colores y elementos
visuales. La urgida sangre del hablante, lleva “fibras verdes” y como ya se ha
dicho, deposita un “junco amarillo” sobre la tumba. Sus ojos se sorprenden ante
una sombra invadida por otras sombras. Tal visión es atrapada por “su córnea
habitual de lamento o herida”. La última estrofa descubre “morados... testigos
funerarios”.
En cuanto a lo auditivo, “una voz profundamente
confundida” se desplaza en el silencio. El Canto I finaliza “con un pulso de
silencio” como el final de un “funesto túnel”. Las guitarras han quedado mudas
a tal punto, que han enceguecido; los gritos de la vida han sido invadidos por
la muerte. Un fatigado reloj acompaña al poeta. Apenas sollozan las dalias. Todo es una “tonada
de rosa desleída”.
El tiempo se mece al ritmo de un columpio y se va
apagando, como la vida, en un reloj cansado. Los cipreses de la ciudad de los
muertos son un dibujo “infinito contra el tiempo”. El poema termina, cual
metrónomo, “con un pulso de silencio”.
La muerte es el motivo fundamental de este Canto I: “amigos
muertos”, ceniza que guarda una pura estirpe y que a veces puede ser sabrosa
como los chamánicos ajos; cuando se estremece la tierra se descubre “la fosa
del llanto”; desfiles de sombras y el tubo lunar que conecta a la vida de
ultratumba. Tras los versos podemos escuchar el golpeteo de los poderosos remos
del Barquero, que pulsan el largo viaje hacia la otra orilla. Las últimas dos
estrofas son una cadena de palabras que remiten a la idea de la muerte: Muñón,
araña, desgracia, ciprés, doblado, degollado, dalias, ríos de muerte, hueso, mansión,
morados, funerarios, rosa, funesto túnel, silencio. Como el propio Claudio
declara, la experiencia que refleja este poema es un “sueño largo en... almohada
de piedra”.

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